Publicado en Curiosidades, Reflexiones, Sobre Argentina

La celebración del trabajo culminado: el fin de zafra.

El sol caía entre cerros tapizados de yungas y el último lote de cañas.
La ansiedad se arremolina mientras esperábamos la llegada de las 30 cosechadoras y para amenguar dicha espera, llegaron los camiones zafreros engalanados con cintas de colores, banderas entonando una particular sinfonía con sus bocinas contagiando algarabía en la peregrinación que todos nos encaminamos para compartir el final de la zafra del año.

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Febo se despedía mientras jugaba a las escondidas entre las nubes, pispeando las comparsas que empezaban a llegar coloridas entre camionetas, camiones y motos, mientras los ingenieros, trabajadores y colaboradores van y vienen recorriendo los surcos y rastrojos, al mismo tiempo que asistentes y espectadores circulan por el lote, todos como peregrinos llegando al santuario.

Finalmente se las vio a la distancia, la caravana de 30 cosechadoras llega antecedida por el rugido de sus motores y esa potente luz en medio de la noche que despierta admiración y más de una sonrisa en los labios.
30 cosechadoras cañeras adornadas con cintas de colores y banderas se lucen orgullosas como las llamas y vicuñas durante un desfile. El despliegue escalonado de los tractores, tolvas y máquinas, dan cuenta de una magnificencia y tributo al trabajo que es ampliamente celebrado por cada persona que forma parte, de una forma u otra, en el proceso. Los sinfines parecen hacer la venia ante las últimas cañas que se mantienen erguidas orgullosamente, mientras el descogollador murmura entre las hojas y troncos como pidiéndoles permiso para terminar su faena.

Cuando las cosechadoras llegan a la punta del surco, secundadas por los tractores, hacen su reverencia frente a los espectadores,  mientras en el aire se macera un aroma a hojas verdes frescas, con un dejo a fibra amaderada perfectamente emulsionado con un inconfundible y exquisito sabor azucarado que cobra sentido cuasi palpable con el aire refrescante del anochecer de noviembre.

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La celebración del fin de la Zafra es un acontecimiento único, que debo decir que fue un honor haberlo presenciado, siendo parte y percibiéndolo con todos los sentidos. Ledesma esa noche, deja entrever los valores y la esencia que los nuclea, demostrando la gran familia que es; trabajadores, comparsas y no trabajadores se reúnen en el lote con un mismo anhelo y festejo. En el ambiente se palpa, y se contagia tanto la ansiedad como el jubileo del trabajo terminado colmado de alegría, y esa sensación se siente en el aire y hasta en la tierra bajo nuestros pies que parece vibrar, como si la Pachamama se divirtiera entre los bocinazos y el rugido de los motores, porque todos sus changuitos están contentos.

Mientras la calma y la noche empiezan a asentarse para anunciar que la actividad llega a su fin, la imagen que queda grabada en mi mente son las sendas de luz que juegan con la tierra en suspensión, recortando siluetas de tractores y los bailes en los surcos despejados dando testimonio del trabajo ya culminado. Los camiones llevan la cosecha al trapiche anunciando con sus bocinas el fin de la zafra contagiando alegría y un poco de melancolía.

Y así me retiré dejando atrás las luces de las máquinas iluminando el sendero de surcos despojados, libres como metáfora del camino que se abre hacia un nuevo horizonte, mientras las cañas poco a poco empiezan a renacer.

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Autor:

Devota del MKT, MKT digital, SMM. Soy geek y techie!

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