Publicado en Arte, Reflexiones

Rocío y la luz jujeña

La primera vez que fui a Libertador Gral San Martín, a dar una capacitación en Ledesma sobre seguridad en redes sociales, fue en noviembre del 2012, año sumamente movido para mí.
La charla la dí en el Centro de Visitantes de Ledesma, que es un centro de exposición y convenciones. Ese día, estaban exponiendo las obras de una artista jujeña, a quien desconocía, luego de la charla di una breve recorrida y como si la Pachamama me hubiese murmurado algo al oído, quedé enganchada con sus obras.

Al año siguiente volví para dar otras capacitaciones, y como si la mística yungueña (de las yungas jujeñas) nos reuniera una vez más, encontré la exposición de esculturas de Cecilia Espinoza. Me encantaban todas, pero hubo una, que me miró de manera diferente. Se erigía orgullosa, digna, dulce, tierna e impecable. Sabiendo que volvía al mes, hablé con Cecilia y se la encargué para la próxima.

En mi siguiente viaje, a la vuelta en el avión de austral, me traje un triángulo de cartón reforzado, que el marido de Cecilia, amable y cuidadosamente embaló para que llegue sana y salva a mi casa. Las azafatas no entendía nada, y les expliqué -Allí viaja una escultura de una excelente artista jujeña, por favor, que nadie la golpee- Y así, lo guardaron en un compartimento especial.
Llegué a casa y pensaba por un buen rato dónde iría, hasta que el lugar ideal, lleno de luz , que parecía haber estado esperando todo el tiempo a que llegue Rocío, así es como la nombró Ceci. En ese mágico lugar recibe la luminosidad desde la escalera, de las ventanas y las refleja.
Rocío es una mezcla de actitudes y emociones de la esencia de Calilegua. Desafiante, delicada, hada, duende, princesa aborigen coronada de bronce con cuerpo de madera y una falda de espejos circulares.
Ella puede ser así porque su creadora respetó la esencia de la selva jujeña y a su vez le dio su propio soplo de vida y espíritu. Cecilia Espinoza, la artista, recorre las orillas del río San Lorenzo y recoge lo que la Pachamama le regala y así es que Rocío, tiene cuerpo de yungas. Rocío me mira cuando arranco mi día y salgo al mundo, o casi.
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En otro año, en otro viaje, que también Cecilia estaba exponiendo su serie “Celebraciones” que retrata y transmite las costumbres de Calilegua y la historia arraigada del pueblo guaraní . Allí, de nuevo impactada por la composición, su energía y esencia, adquirí el cuadro “Abrazo”y con él, mi casa se llenó de colores vibrantes y energía alegre.
Este cuadro contagia la celebración y baile del Pim Pim alrededor del Ceiba Speciosa (también conocido como Chorisia, Samohú o palo borracho) árbol venerado por los pueblos originarios.

Cecilia, como toda artista versátil, hizo las Las Cuñitas, con sus trajes típicos que lucen durante el “Arete Guazú”o carnaval, logrando mostrar la cultura norteña y enseñando a través de sus obras. Ella me regaló un libro y me mostró la historia y costumbres del pueblo guaraní enraizado en las yungas, me enseñó a admirar, proteger y difundir cada aspecto que es parte de la historia y del alma de la provincia de Jujuy.
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Ceci llena sus obras con la luz  y la guía de un faro que marca sus raíces, en donde plasma la esencia del norte, su historia, sus creencias, sus colores, su espíritu, su respeto por la Pachamama. Gracias a sus pacientes explicaciones, el libro, su ternura y respeto en sus palabras, tocaron mi alma y mi casa tiene un pedacito de yungas, de la alegría del Pim Pim y de alma norteña.

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La celebración del trabajo culminado: el fin de zafra.

El sol caía entre cerros tapizados de yungas y el último lote de cañas.
La ansiedad se arremolina mientras esperábamos la llegada de las 30 cosechadoras y para amenguar dicha espera, llegaron los camiones zafreros engalanados con cintas de colores, banderas entonando una particular sinfonía con sus bocinas contagiando algarabía en la peregrinación que todos nos encaminamos para compartir el final de la zafra del año.

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Febo se despedía mientras jugaba a las escondidas entre las nubes, pispeando las comparsas que empezaban a llegar coloridas entre camionetas, camiones y motos, mientras los ingenieros, trabajadores y colaboradores van y vienen recorriendo los surcos y rastrojos, al mismo tiempo que asistentes y espectadores circulan por el lote, todos como peregrinos llegando al santuario.

Finalmente se las vio a la distancia, la caravana de 30 cosechadoras llega antecedida por el rugido de sus motores y esa potente luz en medio de la noche que despierta admiración y más de una sonrisa en los labios.
30 cosechadoras cañeras adornadas con cintas de colores y banderas se lucen orgullosas como las llamas y vicuñas durante un desfile. El despliegue escalonado de los tractores, tolvas y máquinas, dan cuenta de una magnificencia y tributo al trabajo que es ampliamente celebrado por cada persona que forma parte, de una forma u otra, en el proceso. Los sinfines parecen hacer la venia ante las últimas cañas que se mantienen erguidas orgullosamente, mientras el descogollador murmura entre las hojas y troncos como pidiéndoles permiso para terminar su faena.

Cuando las cosechadoras llegan a la punta del surco, secundadas por los tractores, hacen su reverencia frente a los espectadores,  mientras en el aire se macera un aroma a hojas verdes frescas, con un dejo a fibra amaderada perfectamente emulsionado con un inconfundible y exquisito sabor azucarado que cobra sentido cuasi palpable con el aire refrescante del anochecer de noviembre.

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La celebración del fin de la Zafra es un acontecimiento único, que debo decir que fue un honor haberlo presenciado, siendo parte y percibiéndolo con todos los sentidos. Ledesma esa noche, deja entrever los valores y la esencia que los nuclea, demostrando la gran familia que es; trabajadores, comparsas y no trabajadores se reúnen en el lote con un mismo anhelo y festejo. En el ambiente se palpa, y se contagia tanto la ansiedad como el jubileo del trabajo terminado colmado de alegría, y esa sensación se siente en el aire y hasta en la tierra bajo nuestros pies que parece vibrar, como si la Pachamama se divirtiera entre los bocinazos y el rugido de los motores, porque todos sus changuitos están contentos.

Mientras la calma y la noche empiezan a asentarse para anunciar que la actividad llega a su fin, la imagen que queda grabada en mi mente son las sendas de luz que juegan con la tierra en suspensión, recortando siluetas de tractores y los bailes en los surcos despejados dando testimonio del trabajo ya culminado. Los camiones llevan la cosecha al trapiche anunciando con sus bocinas el fin de la zafra contagiando alegría y un poco de melancolía.

Y así me retiré dejando atrás las luces de las máquinas iluminando el sendero de surcos despojados, libres como metáfora del camino que se abre hacia un nuevo horizonte, mientras las cañas poco a poco empiezan a renacer.

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